viernes, 13 de enero de 2017

Estás tú

Estás tú,
presente,
y estoy yo
buscándote,
y entre ambos
componemos una bonita
sinfonía.
Está la noche,
y la soledad anunciada
y los lamentos
por lo que no pasa,
y las ganas…
Y tú mirada cúbica
y mi alma trágica.
Están los días
que caducan
y todas mis miradas,
como de gato,
y sedientas.
Y la arena.
Y entre tú y yo
un mar de estrellas.

Azul y vuelo

Te elevas ligera como una pluma,
y te pierdes en el infinito azul de la tarde.
Huyo detrás, persiguiéndote
entonces,
pero te escapas,
apresurada y torpe,
con la risa y la prisa de infancia
amarradas a ti
y me dejas en esta orilla,
agitándome como un junco,
mientras sigo tu vuelo,
azul,
con esta mirada como de noche,
alma mía,
hasta el fondo pardo de sus ojos.

Adormecido

Me adormezco, como las tardes de otoño,
entre olas de grises y gotas de rocío.
Tal es la nostalgia que me anida,
recorriendo todos los rincones,
llenando esquinas, sellando los vanos,
mientras escucho la lluvia
contra las ventanas
en este estanque que adormece el alma. 

Por los resquicios

Por los resquicios de puertas y ventanas,
en pequeñas dosis de fragancias rancias,
entre hilos de luz finos como finas telas de araña
se filtra la vida, o algo que se le asemeja. 

Tu voz

¿A dónde me llevaba tu voz,
erguida ante mí, barroca y policroma, como una virgen dorada,
alegre como un río saltando entre las piedras?
Esa voz, que me invadió insolente y nerviosa,
como quién abre un baúl y desvela un tesoro,
acudiendo a mí en una cita inventada,
como un niño deslumbrado por las mil estrellas de la noche.
A ella acudía, con ella reposaba en las tardes vacías,
en ella se agotaban y morían todas mis pesadillas,
como niebla que el sol acuchilla y abre
en hilos de plata sobre el río oscuro. 
Tu voz, como un collar infinito,
delgada y suave como el viento entre tus cabellos,
voz con sabor a sal y voz de casa.
Esa voz que me cerró todas las puertas,
sin caricias, sin besos y casi sin lágrimas.
Yo no tenía tu rostro quebrado
ni la melancolía de una mirada.
Tan solo tu voz tenía.
Tu voz como el destello de un cuchillo,
o como el canto de las campanas.
Tu voz y su luto profundo.
A paladas, día tras día,
tus palabras de sepulturero,
de esa voz, tan lejana y tan mía,
que se hizo verdugo,
eran guadaña y eran mi entierro.

Llantos y desencantos

Debería ser sensato y utilizar mi energía
en la banalidad que me rige cada día
en lugar de buscar quimeras en paraísos lejanos.
Pero tengo en mi torpeza una extraña aliada
que me embarca tozuda en aventuras
de las que conozco de antemano todas las heridas.
Tercamente golpeo mi corazón contra las piedras
con renovado coraje
y entre tanto dolor alcanzo a veces
una gota de vida que, como extraviada,
se apiada de mis labios cuarteados
para permitirme soñar con el manantial originario. 
Pero qué le vamos a hacer, destino,
si tengo un alma inquieta
que se rebela contra el ritmo que señalan todas las saetas
y se entrega voraz a escuchar cualquier romance, historia o aventura
que la levante del charco en que sestea. 
Mi alma es pequeñita, como el cuerpo que la alberga,
e infantil y muy ingenua.
Y tiene la manía de teñir todo cuanto la rodea
de extraños colores que ella misma se inventa.
Y luego me toca a mí lamerle las heridas,
porque la pobre no aguanta ni un asalto
y regresa siempre dolorida
y jurándome que a partir de entonces se andará con más cuidados.
¡Cómo si no la conociera! 
Pero es persuasiva y me ciega
con sus relatos escritos en el lomo de las primaveras.
Y me convence, o tal vez es que convencerme ansío,
de que a la próxima vez nos tocará a nosotros la ladera de solana,
el oasis, la playa tranquila y la noche compartida y eterna.
Y entonces me vuelvo agua, como ella,
y la dejo fluir a su antojo por versos y por praderas.
Y disfruto como un niño con su risa cascabelera
y su mirada volada hacia las cumbres y hacia las estrellas.
¿Cómo no ver entonces en unos ojos oscuros el consuelo a todas mis penas?,
¿cómo no rendirme a cualquier tierna promesa?,
¿cómo evitar el vértigo o las noches en vela?,
¿cómo no cerrar los oídos a toda música que no sea la que me canta ella? 
Y es entonces, perdida toda mesura y todo apego
a esta tierra que me aterra,
cuando me digo que al fin he encontrado el alma gemela,
que no puedo renunciar a nada ni cejar en la pelea,
que todo lo que he penado ha valido al fin la pena.
Porque sin ella no quiero encontrarle sentido
ni a mi vida ni a ninguna espera.
Se inflan pues todas las velas
y me yergo junto al timón decidido
a hacer frente a todas las tormentas.
Pero no es esta una historia feliz.
Siempre algo se me tuerce.
Cuando menos se espera salta la liebre,
dice el refrán.
Por eso me encuentro siempre frente a un papel virgen,
solo, mirando hacia la montaña que me saluda coronada de nubes,
preguntándome cuan dura será esta vez la caída del alma. 
Y vienen otras noches en vela,
pero ya no placenteras.
Y ríos de tinta y de sangre. Y las calaveras.
Pero sé que esto no tiene remedio porque yo nunca aprendo.
La única solución es regalar mi alma
a cualquiera que a cuidarla acceda.
Aunque una vez sin alma,
dudo que a mi cuerpo
cualquier desgracia afligirle pueda. 

Frío

Estaba helado,
atravesado por los hielos de acero.
Estaba en el centro de la nada,
gritando mi soledad a los vientos
y ninguna voz conocida que me llegara.
Hablaba como un profeta
o como un loco que desvariaba,
sobre la vida, sobre la muerte,
sobre un hombre anciano, sobre nada.
Entonces te llegó mi voz,
arrastrándose, quebrada,
tú cogiste todos los pedazos
y reconociste algo parecido a tu alma.

Mi alma

Mi alma, mi voz callada, secreta que me escucha y me conmueve y me desvela mis cicatrices de primaveras erradas. Mi niña, mi creciente p...