viernes, 13 de enero de 2017

Tu voz

¿A dónde me llevaba tu voz,
erguida ante mí, barroca y policroma, como una virgen dorada,
alegre como un río saltando entre las piedras?
Esa voz, que me invadió insolente y nerviosa,
como quién abre un baúl y desvela un tesoro,
acudiendo a mí en una cita inventada,
como un niño deslumbrado por las mil estrellas de la noche.
A ella acudía, con ella reposaba en las tardes vacías,
en ella se agotaban y morían todas mis pesadillas,
como niebla que el sol acuchilla y abre
en hilos de plata sobre el río oscuro. 
Tu voz, como un collar infinito,
delgada y suave como el viento entre tus cabellos,
voz con sabor a sal y voz de casa.
Esa voz que me cerró todas las puertas,
sin caricias, sin besos y casi sin lágrimas.
Yo no tenía tu rostro quebrado
ni la melancolía de una mirada.
Tan solo tu voz tenía.
Tu voz como el destello de un cuchillo,
o como el canto de las campanas.
Tu voz y su luto profundo.
A paladas, día tras día,
tus palabras de sepulturero,
de esa voz, tan lejana y tan mía,
que se hizo verdugo,
eran guadaña y eran mi entierro.

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