Se cayó de mi mano la manzana y rodó por el suelo.
En la noche, fuera, bajo el frío reflejo de la luna,
las sombras se estiraban y giraban y morían.
Tu rostro es una llamarada, una playa entre pinos, agua.
Y mi casa ya no existe. Vivo en medio de un vendaval,
con el frío asiéndose a mis huesos
como musgo sobre la piedra,
como una raíz apretando la tierra.
El silencio ha crecido hasta ocuparlo todo:
paredes, cajones, fotografías, rincones.
El silencio se vierte en mis oídos como veneno.
Ningún amigo ha sobrevivido a tanto abandono.
Echo los candados en cada puerta y en cada ventana,
me encierro, me acuesto, juego a algo que me derrota.
Y la manzana, inmóvil, espera tan solo las horas
que lentas y torpes irán haciendo su trabajo
como dedos blancos de luna y olvido.
En la noche, fuera, bajo el frío reflejo de la luna,
las sombras se estiraban y giraban y morían.
Tu rostro es una llamarada, una playa entre pinos, agua.
Y mi casa ya no existe. Vivo en medio de un vendaval,
con el frío asiéndose a mis huesos
como musgo sobre la piedra,
como una raíz apretando la tierra.
El silencio ha crecido hasta ocuparlo todo:
paredes, cajones, fotografías, rincones.
El silencio se vierte en mis oídos como veneno.
Ningún amigo ha sobrevivido a tanto abandono.
Echo los candados en cada puerta y en cada ventana,
me encierro, me acuesto, juego a algo que me derrota.
Y la manzana, inmóvil, espera tan solo las horas
que lentas y torpes irán haciendo su trabajo
como dedos blancos de luna y olvido.
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