El campo se extiende como una sima sombría.
El campo no existe. Salvo en su inmenso silencio.
Silencio que devora mis oídos hasta ocupar
su sitio en medio de mi alma.
Las alas de escarcha aletean entre mis manos.
Me encojo entre las rocas tocado de sueño e infancia.
A lo lejos, tal vez mi mano la alcance,
una mano infantil colorea la nada.
El silencio se quiebra en lamentos distantes.
El árbol nace aún sombra y la sombra muere
entre llamas heladas de incierta constancia.
Me abriga el rocío con un brillo de vidrio.
Siento el frío en torno a mí, en cada rama muerta,
en medio del camino.
El tiempo, apenas un segundo antes dormido
en la cuna de estrellas del firmamento,
parece saltar, poseso, y a lomos del horizonte
policromo y frágil me recuerda que estoy despierto.
El campo no existe. Salvo en su inmenso silencio.
Silencio que devora mis oídos hasta ocupar
su sitio en medio de mi alma.
Las alas de escarcha aletean entre mis manos.
Me encojo entre las rocas tocado de sueño e infancia.
A lo lejos, tal vez mi mano la alcance,
una mano infantil colorea la nada.
El silencio se quiebra en lamentos distantes.
El árbol nace aún sombra y la sombra muere
entre llamas heladas de incierta constancia.
Me abriga el rocío con un brillo de vidrio.
Siento el frío en torno a mí, en cada rama muerta,
en medio del camino.
El tiempo, apenas un segundo antes dormido
en la cuna de estrellas del firmamento,
parece saltar, poseso, y a lomos del horizonte
policromo y frágil me recuerda que estoy despierto.
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