jueves, 27 de octubre de 2016

La alfombra

Las flores rojas y verdes están descoloridas,
viejas de tanto corretear en brazos de los sueños.
Toda la casa está en calma, como un cementerio
al que el sol que muere despide de la faz de la tierra.
Sobre el aire estancado se han posado los recuerdos,
como una capa de polvo invisible que un rayo fugaz revela,
en un instante furtivo, en su reposo inquieto.
Observo atento cualquier signo que me atrape
y me lleve como un pájaro gigante a través del agujero,
a otras tardes de estufa, de frío, de lluvia de invierno.
Me observa el abuelo, tranquilo,
tan vivo que me habla en silencio,
de sus sueños de niño,
de sus angustias y de todos sus secretos.
Duermen los libros, de viejos
parecen una fila triste de enfermos.
Sobre la mesa vetusta descubro atónito la foto,
los rostros diminutos de ojos como faros altivos,
dos rostros casi extraños, anegados de tiempo, perdidos,
caras de niños riendo ante un mundo desconocido.
Cierro callado la puerta sin ruido,
vuelvo mis pasos al mundo que late
en gritos, carreras, risas diminutas
de otra realidad que sin consciencia vivo.

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